DIARIO DE BITACORA DEL PROS
AGNYEE TRAS LA ESTELA DE ELCANO
10 Agosto 2019 – 8 Septiembre 2022
ENTRADA 7.3: BUENOS AIRES – PUNTA ARENAS (3)
31 Enero 2020
Inolvidable San Julián.
Llegábamos a esta bahía de complicado acceso, tras varios días de navegación tranquila en la que pudimos experimentar buena parte de los vientos que frecuentan estos lugares, salvo, afortunadamente, aquellos horribles céfiros que nos anunciaban nuestros buenos amigos del Mar del Plata.
En efecto desde los duros vientos de 30 nudos que nos empujaron a las pocas horas de nuestra partida hasta las casi calmas que rodeaban las inmediaciones del canal de acceso a San Julián, la tripulación tuvo oportunidad de ensayar casi todos los escenarios de trimado de las velas del Pros.
¿Dónde están aquellos bruscos y violentos cambios de la meteorología, dónde esas aguas enfurecidas que, con toda probabilidad, nos harían retornar sobre nuestra estela? Bueno, no tentemos la bicha que todavía nos quedan por delante Lo que sí comprobamos con sosiego es que los pavorosos monstruos marinos que supuestamente pueblan estas aguas del Fin del Mundo no son más que simpaticos
pingüinos que curiosos asoman su pequeña cabeza a nuestro paso, juguetones delfines de todo tipo e incluso una orca que nos da la bienvenida a nuestra llegada a Cabo Curioso, ya al atardecer.
Pues bien, en el ocaso del viernes 7 de febrero, nos plantamos en el escenario donde habría de ocurrir uno de los episodios más trágicos de la expedición de Magallanes/Elcano: Puerto San Julián. Esta pequeña y agradable localidad se encuentra a la orilla de un amplio saco de agua, tras una profunda entrada de mar que se abre entre cabo Curioso y punta Desengaño. Constituye un seguro y agradable puerto natural, pero cuyo acceso queda casi totalmente seco en bajamar, lo que obliga a entrar sincronizados con la marea y navegar sobre varias enfilaciones (hasta siete) de muy difícil identificación y con bruscos cambios de rumbo en su, a veces, angosto canal.
Afortunadamente nuestro amigo Javier García Veiga y, como no, una vez más nuestra infatigable Dulce, nos esperaban en San Julián y ya habían gestionado una magnifica logística para el amarre del Pros en la que además un nutrido comité de bienvenida saldría a la entrada del canal para guiarnos durante las 6 millas de complicado recorrido hasta el lugar de fondeo asignado, frente al centro del pueblo, con la réplica de la nao Victoria a nuestra vista.
Pero aquel 31 de marzo de 1520, cuando por el avance de los fríos del invierno austral que se aproximaba, la flota decidió tomar refugio en la bahía que llamaron San Julián, Magallanes no tenía un Javier ni una Dulce, ni nativos que les ayudaran. Por ello se vio obligado a fondear sus naves a poco de entrar por el canal y explorar el resto con la ayuda de sus esquifes. Al día siguiente, primero de abril y domingo de Pascua, celebrarían la primera misa en el actual territorio argentino. Por la noche, los capitanes de nombramiento real, Mendoza y Quesada, con la complicidad de Juan de Cartagena, veedor real y nominado por Carlos I «conjunta persona» de Magallanes, se rebelaron contra él, exigiéndole que cumpliera las instrucciones recibidas y compartiera sus planes sobre la navegación proyectada. Pero Magallanes sofocó la rebelión de manera sangrienta, descuartizando a sus dos cabecillas y dejando sus restos expuestos a la vista de todos durante el tiempo que duró su estancia en San Julián. Hoy día una réplica de la horca es todavía visible en la ahora llamada Isla Justicia. Cartagena quedaría recluido hasta el 11 de agosto de 1520, día en que sería abandonado, junto a un clérigo también rebelde, en una pequeña isla del lugar. Nunca más se volvería a saber de ellos.
Según afirma la historiadora Carla Rahn Phillips, profesora emérita de Minnesota University y una de las investigadoras con mayor conocimiento de la gesta de la primera circunnavegación, «los que participaron en el levantamiento sólo pedían que Magallanes consultase con los demás oficiales de la flota y siguiese las instrucciones reales»
Ya desde nuestra partida en Sevilla el pasado 10 de agosto, este lugar de San Julián nos anunciaba su formidable hospitalidad, a través de la que desde entonces es nuestra amiga Fina Silva Castro, Vicecónsul de España en San Julián. La realidad ha superado todas las expectativas. Si nuestra arribada en anteriores puertos ha estado cargada de alegría y emoción por las estupendas acogidas, la de San Julián ha sido realmente extraordinaria. Desde la Prefectura Naval, la Autoridad Portuaria, la Dirección de Turismo, el Club Náutico El Delfín, la Municipalidad del Puerto de San Julián, la Sociedad Española de San Julián, la réplica de la Nao Victoria, el Hospital de San Julián, todos ellos se han volcado para hacer que nuestra estancia sea realmente inolvidable. Gracias Fina, Virginia, Mariana, Elena, María, Rocío, Daniel José, Leonardo, Sebastián, Sergio, Héctor, Néstor y tantos otros cuyos nombres ya me es difícil recordar, por hacer que nuestra corta estancia en San Julián quede para siempre en nuestros corazones.
Tras nuestro arribo, completado el fondeo del Pros y una vez desembarcados, nos reunimos con nuestros nuevos amigos en la taberna marinera «Al Carajo» (para los no ilustrados en la terminología náutica, el carajo es el nombre que también recibe la cofa, o cesta situada en lo alto del palo mayor, donde se situaba observador). Allí pasamos unas buenas horas departiendo con la gente del lugar y deleitándonos con la gastronomía de San Julián.
Para ser fieles a la historia que pretendemos replicar, la jornada termina con un conato de rebelión contra nuestro capitán, rápidamente sofocado por él mismo.
Embarcando en la gomone gentilmente cedida por el Club Náutico para retornar al barco, nuestro capitán, último en embarcar como es preceptivo, trata de resistir con poco éxito la inestabilidad de la embarcación producida por un brusco, y supuestamente involuntario, movimiento de los tripulantes ya embarcados y cae al agua.
Un par de groseras imprecaciones bastarán para restaurar el orden y el empapado capitán consigue finalmente instalarse a bordo.
El día siguiente, sábado, lo dedicamos a las pequeñas y necesarias compras y a recorrer los bonitos alrededores de San Julián: las colonias de pingüinos de Isla Cormorán, los espectaculares acantilados de Cabo Curioso, las playas de la Mina y la Lobería, una rocosa playa trufada de colonias de lobos marinos. Visitamos también las ruinas de una curiosa factoría inglesa de productos cárnicos de la oveja patagónica que allí mismo criaban y procesaban para su envío a Europa antes de su cierre en 1959.
En un magnífico mirador de la costa aneja a cabo Curioso, encontramos la tumba del teniente Sholl, miembro de la expedición de la Beagle, que desembarcado de San Julián en 1828 enfermaría a los pocos días y dejaría su pellejo en estas tierras patagónicas.
Finalmente nos dirigimos a conocer el interior de la réplica de la nao Victoria, donde seguimos atentos las ilustradas explicaciones de Mariana Andrea Roco y sus dos compañeras sobre los hechos acaecidos hace 500 años en esos lugares. Interesante visita.
Al terminar la visita nos encontramos con Fernando F. Carbajal, profesor universitario original de San Julián y seguidor de nuestra aventura con quien conversamos animadamente. También con Fernando García Leyenda, a quien ya conocimos en la embajada de España en Buenos Aires y que nos insiste, en nombre del Intendente de Puerto de La Cruz para que hagamos una breve escala en esa localidad en nuestra ruta hacia el sur. El retraso ya acumulado y el hecho de que la tripulación de relevo hace ya unos días nos espera en Punta Arenas, nos hace desistir de tan amable y entusiasta ofrecimiento.
La jornada terminará con la invitación de la Sociedad Española de San Julián a un delicioso cordero patagónico. Pero eso será tema del relato de mañana.
Magallanes zarparía de San Julián el 24 de octubre de 1520. Nosotros lo hacemos el 9 de febrero con la marea de la mañana, pues el relevo de tripulación nos espera ya en Punta Arenas. Manadas de simpáticas toninas overas, el más pequeño de los delfines, nos despiden de estos agradables lugares. Bajamos los grip’s y vemos por delante vientos amenazantes y vientos más serenos. La aventura dura tres años y no queremos arriesgar.