Nuestra historia (16): El mito de El Dorado

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2021/03/8

Desde el cine a la cultura popular, El Dorado es una referencia para los lugares alejados  y exóticos llenos de ocultas riquezas por descubrir.

La distancia entre la realidad encontrada por los descubridores españoles y los sueños que albergaban es casi infinita. Y tanto el lugar preciso de las riquezas como su exacto contenido fueron cambiando con el tiempo. Desde luego, el oro era su componente principal, pero también la canela –una de las especias más deseadas– se asoció a la riqueza y por tanto a El Dorado. Y su supuesta ubicación, nunca hallada, pasó de la vecindad de Quito a la laguna de Guatavita, en la confederación de Bogotá, para situarse más tarde en el río Meta, afluente del Orinoco o, posteriormente todavía, en el Amazonas. Algunos lo persiguieron hasta su muerte y no sólo eran españoles.

Lo hicieron con mucha decisión ciudadanos alemanes asentados en Venezuela, que penetraron en el Orinoco y en el Magdalena. Y no faltaron tampoco los británicos que, atraídos por los tesoros, enviaron a Sir Walter Raleigh en busca de ellos. Este famoso corsario se trocó en pirata para conseguir sus propósitos, lo que le valió ser ajusticiado en la Torre de Londres.

Como los mitos conllevan con frecuencia una parte de verdad, la entrega de hoy nos narra el origen del mito y las azarosas andanzas de los protagonistas de su búsqueda. Resulta de gran interés conocer que lo más cercano a su existencia tenga su origen en los ritos ceremoniales de la tribu de los mwiskas, quienes acostumbraban a depositar  riquezas en los lagos sagrados de sus dominios. La laguna de Guatavita, una de las más famosas, yace hoy, como una metáfora del mito,  anegada por un pantano para la producción hidroeléctrica.

Manuel Lucena Salmoral, Catedrático de Historia de América de la Universidad de Alcalá de Henares, es el responsable de la entrada que hoy ofrecemos a nuestros lectores.

El mito de El Dorado